El lenguaje no verbal en el trabajo: inclusión, TDA y mejora del clima social
Descubre cómo el lenguaje no verbal impacta la inclusión y el clima laboral en las empresas. Explora estrategias para aprovechar los gestos y señales invisibles, mejorando la cohesión, la empatía y la productividad en el entorno profesional.
COMMUNICATIONDYNAMIQUE DE GROUPEMANAGEMENTRSE
LYDIE GOYENETCHE
9/17/20269 min leer


Como consultora SEO y GEO, y dado que mi actividad profesional todavía es reciente, actualmente trabajo también a tres cuartos de jornada en una residencia de mayores. Esta experiencia me ha permitido observar algo muy concreto: en determinadas fases de la enfermedad de Alzheimer, el lenguaje no verbal del cuidador o de la persona que acompaña puede favorecer la comunicación o, por el contrario, bloquearla casi de inmediato.
La postura, la distancia física, el tono de voz, el ritmo al hablar, la expresión del rostro o la manera de acercarse influyen directamente en la forma en que una misma frase es recibida. Las palabras pueden ser exactamente las mismas, pero su impacto cambia por completo según la actitud que las acompaña. Una frase pronunciada con calma, suavidad y una expresión tranquilizadora puede facilitar el vínculo; dicha con prisa, tensión o una postura cerrada puede generar rechazo, inquietud o incomprensión. En este tipo de situaciones, se hace evidente que comunicar no consiste únicamente en elegir las palabras adecuadas: el cuerpo, la voz y la presencia también transmiten información.
Esta observación me llevó a reflexionar sobre el lenguaje no verbal en el trabajo en general. En el mundo profesional interpretamos constantemente miradas, gestos, posturas, silencios o tonos de voz y les atribuimos significados como confianza, autoridad, inseguridad, competencia o desinterés. Sin embargo, estas interpretaciones no son universales ni siempre fiables. La cultura, la posición jerárquica, la personalidad, la neurodiversidad, el estado emocional o incluso el contexto pueden modificar profundamente el significado de una señal no verbal. Por eso, comprender la comunicación no verbal en el entorno laboral exige observarla con prudencia, contextualizarla y evitar convertirla en un sistema automático de “lectura” o de juicio sobre las personas.
El lenguaje no verbal no puede interpretarse desde una única norma
La comunicación no verbal no es un código universal
En el ámbito profesional, muchos contenidos sobre lenguaje no verbal presentan determinadas conductas como si tuvieran un significado relativamente estable: mantener el contacto visual demostraría seguridad y sinceridad, hablar con voz firme transmitiría autoridad, ocupar espacio expresaría liderazgo y una postura cerrada revelaría incomodidad o rechazo.
Sin embargo, la investigación científica invita a ser mucho más prudentes. La comunicación humana es multimodal: integramos simultáneamente palabras, tono de voz, expresiones faciales, movimientos, mirada y contexto para construir el significado de una interacción.
Pero esto no significa que exista un diccionario universal en el que cada gesto corresponda a una emoción o intención determinada. Una revisión publicada sobre los grandes malentendidos de la comunicación no verbal recuerda precisamente que expresiones faciales, distancia interpersonal o movimientos corporales no constituyen señales perfectamente decodificables y estables. Su interpretación depende del contexto, de la relación entre las personas y de múltiples variables individuales.
Por ejemplo, cruzar los brazos puede relacionarse con una actitud defensiva, pero también con el frío, el cansancio, una postura confortable o simplemente una costumbre. Del mismo modo, evitar la mirada no permite concluir automáticamente que alguien miente, carece de confianza o no escucha. Las investigaciones sobre detección del engaño muestran precisamente que los indicios no verbales son poco fiables cuando se utilizan de manera aislada y que su significado cambia considerablemente en función del contexto.
Neurodiversidad: cuando la norma social no se corresponde con el funcionamiento de la persona
Esta prudencia resulta aún más fundamental cuando introducimos el concepto de neurodiversidad (término acuñado en 1998 por la socióloga Judy Singer para reconocer que las variaciones neurológicas forman parte de la diversidad biológica humana). Las normas sociales vinculadas a la mirada, la postura o las formas de manifestar la atención se han estructurado históricamente a partir de patrones de conducta considerados neurotípicos. Sin embargo, la evidencia científica confirma que no todas las personas perciben, producen o procesan las señales sociales del mismo modo.
El contacto visual en el autismo: entre sobrecarga sensorial y respuesta de amenaza
El patrón de contacto visual en las personas autistas constituye un ejemplo paradigmático. Mediante tecnología de seguimiento ocular (eye-tracking), diversos estudios han demostrado diferencias estadísticamente significativas en la forma en que los individuos con Condición del Espectro Autista (CEA) distribuyen su atención visual. Mientras que las personas neurotípicas dirigen automáticamente hasta un 60% - 70% del tiempo de fijación inicial hacia la región ocular del interlocutor, los análisis otorgan en el autismo una distribución atípica y altamente variable entre individuos y contextos.
Lejos de responder a una falta de interés o de empatía, las investigaciones neurobiológicas —como las lideradas por la Dr. Nouchine Hadjikhani (Universidad de Harvard / Universidad de Gotemburgo)— han revelado que el contacto visual forzado puede desencadenar una hiperactivación en la amígdala y en la vía subcortical de procesamiento facial.
Mecanismo biológico: En el cerebro autista, la mirada directa al rostro no se procesa como un estímulo neutro, sino que genera respuestas de hiperarousal (sobreexcitación del sistema nervioso simpático). Evitar la mirada opera como un mecanismo autorregulador de afrontamiento (coping mechanism) diseñado para reducir una sobrecarga sensorial y afectiva intensa.
Costo cognitivo y conductual: Como señala el Dr. Damian Milton en su teoría del "Doble Problema de la Empatía" (Double Empathy Problem), obligar a mantener el contacto visual satura los recursos de procesamiento, provocando lo que en la literatura se conoce como masking (enmascaramiento social).
Por esta razón, evaluar la sinceridad, el nivel de escucha o la competencia profesional en función del contacto visual genera sesgos y errores sistemáticos de evaluación. Además, la revisión crítica de intervenciones dirigidas a condicionar o incrementar el contacto visual mediante refuerzo positivo advierte sobre el riesgo de priorizar la asimilación a la norma neurotípica a costa del confort emocional, el costo cognitivo y la autonomía de la persona.
TDAH y cognición social: heterogeneidad más allá del déficit atencional
El Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) plantea interrogantes de distinta índole neurobiológica. Metaanálisis neuropsicológicos integrativos en adultos con TDAH (como los dirigidos por el Dr. Russell Barkley o el Dr. Stephen Faraone) confirman, a nivel poblacional, déficits significativos en el dominio de las funciones ejecutivas:
Memoria de trabajo: Reducciones de rendimiento observadas con tamaños del efecto moderados-altos ($d \approx 0.5 - 0.75$).
Control inhibitorio y atención sostenida: Marcada dificultad en la modulación del tono atencional y en la supresión de interferencias internas o externas.
Sin embargo, estos déficits en las funciones ejecutivas no equivalen a una incapacidad generalizada para percibir o descifrar señales sociales. Los estudios sobre cognición social y procesamiento emocional en el TDAH muestran perfiles sumamente heterogéneos:
Captación atencional por estímulos emocionales: En lugar de una menor percepción social, las investigaciones revelan que la atención de las personas con TDAH puede verse fuertemente capturada (bottom-up) o fluctuar de manera atípica ante estímulos de alto contenido emocional o novedades contextuales.
Estilo interactivo distintivo: La impaciencia para esperar el turno de palabra, el movimiento físico o las desviaciones atencionales frecuentes no deben interpretarse mecánicamente como desinterés o falta de empatía, sino como la expresión manifiesta de un sistema dopaminérgico y noradrenérgico que procesa las recompensas y el tiempo de forma diferente.
Evaluar la calidad de la interacción o la capacidad académica y laboral analizando el comportamiento no verbal desde un único baremo neurotípico genera lecturas erróneas. Comprender la neurodiversidad exige desvincular el respeto, el interés y la capacidad de la adhesión ciega a comportamientos corporales estandarizados.
Manejo del espacio y autorregulación en mi experiencia personal
Esta necesidad de autorregulación sensorial no solo condiciona la mirada, sino también la gestión proxémica del espacio físico. Por ejemplo, cuando voy al CITeS, de forma totalmente natural e instintiva busco sentarme en un lugar donde no quede situada directamente cara a cara frente a nadie, sino al lado, en visión lateral.
Para mí no se trata de una elección social aprendida o pensada, sino de algo completamente instintivo, vivido casi como una necesidad de supervivencia. Desde la perspectiva neurobiológica, esta colocación espacial reduce de inmediato la presión de la mirada recíproca y la sobrecarga de microexpresiones faciales que mi cerebro tendría que procesar continuamente. Orientarme de forma lateral me permite preservar un margen de confort sensorial, logrando mantener la presencia y la atención en el entorno sin saturar mi sistema nervioso con una interacción frontal invasiva.
El lenguaje no verbal no se recibe de la misma manera: percepción, memoria e interpretación
Cuando una señal visual o emocional se convierte en una vía privilegiada de comunicación
Una experiencia personal vivida en septiembre de 2026 en el CITeS de Ávila me hizo percibir esta cuestión de una manera muy concreta. Durante el cumpleaños de Myrna compartí varios momentos con una persona con discapacidad auditiva. Curiosamente, comprendía bastante bien mi español, pronunciado con acento francés, apoyándose en mis entonaciones, mis expresiones faciales y las emociones que acompañaban mis palabras. En determinados momentos me pedía incluso que le explicara parte de la conversación mantenida entre sus amigos españoles.
Mi experiencia individual no demuestra, por supuesto, una regla general. Sin embargo, corresponde a un fenómeno bien documentado: las personas con pérdida auditiva pueden apoyarse de manera importante en información visual como los movimientos de los labios, las expresiones del rostro y otros indicios gestuales para complementar la señal auditiva. La integración entre información visual y auditiva puede mejorar la comprensión del habla, aunque su importancia varía considerablemente según la persona, la edad, el grado de pérdida auditiva, el contexto y la experiencia previa.
Este ejemplo recuerda algo fundamental: el peso respectivo de las palabras, la voz, el rostro o el cuerpo no es idéntico para todo el mundo. La comunicación no verbal puede actuar como complemento, como elemento contextual e incluso, en determinadas situaciones, como vía compensatoria cuando otro canal de comunicación resulta menos accesible.
Mi experiencia con el TDAH: recordar mejor una relación que sus palabras
La misma estancia en Ávila me permitió observar otra particularidad en mi propia manera de procesar las interacciones. Después de varios días, varias comidas compartidas y muchas conversaciones, una vez de vuelta a casa no conservaba necesariamente con precisión todas las frases pronunciadas.
En cambio, permanecían mucho más presentes las expresiones de los rostros, algunas miradas, la forma en que determinadas personas se acercaban o se alejaban, las emociones percibidas durante ciertos intercambios y, en general, la dimensión relacional de esos momentos. Cuando digo que lo recuerdo, quiero decir sobre todo que esas impresiones parecen fijarse en mi memoria con mucha más fuerza que las palabras exactas.
No sería científicamente correcto afirmar que esto ocurre de la misma manera en todas las personas con TDAH. La investigación describe sobre todo dificultades medias en memoria de trabajo, atención y memoria verbal, junto con diferencias en el tratamiento de estímulos emocionales y socialmente relevantes. Mi experiencia ilustra simplemente una posibilidad: algunas dimensiones sensoriales, emocionales o relacionales de una situación pueden adquirir para una persona una saliencia subjetiva mucho mayor que su contenido verbal.
Y aquí aparece una distinción esencial: recordar intensamente una mirada o una emoción no significa conocer con certeza lo que la otra persona pensaba. Una señal no verbal puede dejar una huella profunda en nuestra memoria y, al mismo tiempo, seguir siendo ambigua.
El verdadero riesgo: confundir percepción e interpretación
Esta distinción resulta fundamental en el entorno laboral. Percibir que una persona aparta la mirada es un hecho observable. Concluir que está incómoda, que miente, que carece de confianza o que no nos escucha ya es una interpretación.
Entre ambas cosas intervienen nuestra propia historia, nuestras expectativas, los estereotipos sociales, la cultura, la posición jerárquica y nuestra propia manera de procesar la información.
Por eso, una aproximación inclusiva al lenguaje no verbal no debería intentar enseñar a “descifrar” a las personas como si el cuerpo fuera un código. Debería enseñar a observar sin concluir demasiado rápido, a integrar varias señales, a tener en cuenta el contexto y, cuando una interacción resulta ambigua, a privilegiar la comunicación explícita.
Esta diferencia es especialmente importante en la empresa: el lenguaje no verbal puede aportar información valiosa sobre una interacción, pero nunca debería convertirse, por sí solo, en un criterio de evaluación de la sinceridad, la motivación, la competencia o el compromiso de una persona.
Conclusión: comprender sin reducir al otro a nuestra interpretación
El lenguaje no verbal en la empresa forma parte de manera inevitable de nuestras relaciones profesionales. Observamos una mirada, una postura, un silencio, un tono de voz o una distancia física y, casi automáticamente, intentamos darles un significado. Interpretamos si la otra persona está interesada, incómoda, segura, distante, sincera o en desacuerdo. Esta capacidad forma parte de nuestra manera cotidiana de orientarnos en las relaciones humanas.
Sin embargo, las personas autistas, las personas con TDAH y, más ampliamente, todas aquellas cuyo funcionamiento perceptivo, cognitivo o sensorial se aleja de las normas dominantes nos recuerdan algo esencial: nuestra interpretación del lenguaje no verbal no describe directamente la realidad del otro; describe también nuestra propia experiencia del mundo y la manera en que hemos aprendido a adaptarnos a él. Un comportamiento que para una persona significa lo que para una persona puede parecer retraimiento, falta de interés o tensión puede corresponder, para otra, a una manera de concentrarse, regular una sobrecarga sensorial o simplemente estar presente de una forma diferente.
Trabajar de manera inclusiva o construir una verdadera cooperación en equipo exige, por tanto, aceptar esta incertidumbre. No se trata de dejar de observar el lenguaje no verbal —algo probablemente imposible—, sino de renunciar a convertir inmediatamente nuestra percepción en una conclusión sobre la intención o la personalidad del otro. Podemos percibir una distancia, una emoción o un cambio de actitud y, al mismo tiempo, dejar espacio a una pregunta abierta: « ¿Cómo estás viviendo esta situación? », « ¿Necesitas algo diferente? » o simplemente « ¿Quieres hablar de ello? ».
La clave está precisamente en dejar que la otra persona pueda responder, explicar su experiencia o decidir no hacerlo. La inclusión empieza quizá ahí: cuando nuestra interpretación deja de ocupar todo el espacio y aceptamos que el otro conserve el derecho de definir por sí mismo lo que vive.


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